El pueblo y su fértil vega fueron sacrificados para levantar un pantano en 1927 y recrecerlo en 1970

Por Javier Ibáñez (Arqueólogo) en el Diario de Teruel

En 1911, Santolea era un próspero pueblo situado en una alta loma, en la margen izquierda del río Guadalope. Rondaba los 800 habitantes, cifra superior a la que actualmente tiene Cantavieja, capital de la comarca del Maestrazgo, en la que se ubica. Sus gentes vivían de la agricultura; además de la “triada mediterránea” (trigo, aceite y vino), cogía abundantes frutas, siendo famosas sus exquisitas manzanas. Contaba secretario, fiscal, juez, párroco, médico y veterinario; y con dos profesores, Lucas Daniel, para los chicos, y Concepción Herrero, para las chicas. También tenía múltiples comercios: una tienda de comestibles, dos carnicerías, dos carpinterías, una quincallería, una herrería e incluso una sastrería y una zapatería; y, como no, una tienda de vinos, un mesón y una expendeduría de tabacos. Un catálogo de servicios que, en el Teruel del siglo XXI, sería la envidia de gran parte de sus municipios.

Aunque había perdido un poco de población desde su máximo histórico de 1877 (847 habitantes), Santolea era un pueblo vivo, cuyas raíces se remontaban a la primera mitad del siglo XIII. Había surgido como una pequeña agrupación de masías, pertenecientes a la encomienda templaria de Castellote. 

Durante sus primeros siglos de existencia, sus vecinos tenían que acudir cada semana a oír misa a Castellote, villa situada a 2 horas andando. Por ello, en 1411, aprovechando que Santolea contaba con una capilla, solicitaron al papa Benedicto XIII la creación de una nueva parroquia, a la que acudirían también los vecinos de Dos Torres y El Alconzal. En 1615 construyeron la iglesia de Santa María Magdalena, dotándola de un bello campanario mudéjar; por entonces, Santolea contaba con 160 vecinos, según el geógrafo Juan Bautista Labaña. En el siglo XIX al lado de este templo levantaron una iglesia neoclásica.

La clave del éxito de Santolea se encontraba en su fértil vega, regada por el río Guadalope. Sin duda, este curso fluvial era una bendición, que además movía dos molinos de aceite y uno de harinas. En torno a él, crecieron infinidad de masías y masicos: de Francho de la Podenga, del Tío Cantor, de Potagorda, de Francho y medio, de Almengod, de Lamberto, de Herrera, de Requena, de la Posada de Abajo …

Pese a las periódicas inundaciones, desde el pueblo, situado sobre una alta loma, el río Guadalope no parecía ninguna amenaza. Nadie podía predecir entonces que sus aguas iban a inundar de forma permanente esa rica vega. Pero en 1927 se empezó la construcción del pantano, que inundó buena parte de sus fértiles tierras en 1932, lo que hizo que sus habitantes descendieran a la mitad en menos de una década. Aún así, el pueblo subsistió; en las fotografías aéreas del vuelo americano (1956) se ve como sus 250 edificios se extienden por una franja de más de 700 metros de longitud y como aún se mantiene, en esa fecha, buena parte de la vega. 

Pero en 1970 se produjo un nuevo recrecimiento del pantano y se obligó a marchar a la población. Santolea fue sacrificado en  nombre del progreso y lo fue de una forma tan sistemática, que bien se puede hablar de ensañamiento. Sus casas fueron demolidas en 1972, dos años después del abandono; pero no para inundar su emplazamiento (ya que se encuentran 10 metros por encima de la cota del pantano), sino para evitar que sus antiguos vecinos retornasen al pueblo de sus antepasados. Incluso dinamitaron la iglesia, en un ignominioso acto que no suele realizarse ni siquiera en pueblos anegados por las aguas de un pantano. Sólo les faltó sembrar el sitio con sal, emulando la venganza de Roma contra Cartago.

Las personas que aún habitaban Santolea fueron condenadas al desarraigo, a la pérdida de sus señas de identidad y del paisaje de su infancia. Paisaje que había sido incansablemente moldeado por treinta generaciones de santoleanos; muchos de ellos debieron removerse en sus tumbas, al ver sus preciados huertos anegados y las casas de sus antepasados destruidas.

Los muertos sí pueden estar

Tan sólo quedó en pie el monumental Calvario, demasiado alejado del pantano para ser derruido, y el cementerio, con los huesos de sus antepasados. No deja de ser una paradoja el hecho de que los muertos gozaran de más derecho a permanecer en Santolea que los vivos. Unos años después del recrecimiento del pantano, se instaló una cantera que ha transformado el antiguo barranco de Santolea en un paisaje lunar; como si de una maldición bíblica se tratase, lo que no han anegado las aguas, lo han arrancado las máquinas.

Pero los santoleanos (gentilicio que se ha hecho extensivo a los descendientes de los que nacieron en Santolea) no se rinden. Quieren que sus señas de identidad subsistan a la acción de las aguas y de las máquinas. Para ello, han solicitado la protección de lo que queda de su antiguo pueblo. La Ley 3/1999 de Patrimonio Cultural Aragonés está de su parte; la Disposición Adicional Tercera protege los pueblos deshabitados porque “ constituyen parte de nuestras raíces culturales y de nuestros modos de vida tradicionales. En los mismos se prohibe la retirada de materiales y la realización de obras sin autorización de la Comisión Provincial del Patrimonio Cultural. Se impulsará el inventario de sus bienes y la recuperación paulatina de los mismos”, según la normativa. 

Por otro lado, el Catálogo de Bienes Culturales del Plan General de Ordenación Urbana incluyó como yacimiento arqueológico al antiguo casco urbano (en cuyo subsuelo podrían subsistir restos bajomedievales) y al Calvario. Pero, además, han solicitado que se inicie el procedimiento de incoación del conjunto como Bien de Interés Cultural (BIC) o, al menos, de alguna otra de las restantes figuras de protección contempladas en la Ley de Patrimonio Cultural Aragonés.

Como pueblo, Santolea desapareció hace casi cuatro décadas; eso no se puede cambiar. Pero, contra todo pronóstico, su memoria y una parte de su Patrimonio Cultural aún subsisten.

El conjunto se extiende por la cumbre de la larga loma y por el reborde de sus laderas en la parte meridional. En el extremo septentrional se encuentra el Calvario, delimitado por una tapia; en la parte central se localizan las únicas casas que aún se mantienen en pie. En el resto de la parte central y en la parte meridional se encuentran los edificios demolidos. La calle Mayor discurría longitudinalmente por la cumbre; en el sector meridional, coincidiendo con un ensanchamiento en el que debía situarse la parte más antigua de la población, se encontraban las dos iglesias (la vieja y la nueva). 

Pese a la demolición de más de tres cuartas partes del pueblo y el saqueo de materiales de construcción, se conservan aún gran cantidad de estructuras, a veces difícilmente reconocibles entre la masa de escombros.

Desde el punto de vista urbanístico se encontraba articulado por tres ejes viales, que recorrían la amplia loma de NNO a SSE a distintas alturas: las calles Mayor, Cristo y San Roque. En el ensanchamiento en el que se encontraba la iglesia se situaba también la plaza de la Iglesia

La antigua iglesia parroquial, fechada en 1615, contaba con un campanario mudéjar de Edad Moderna, cuya fábrica de ladrillo se alzaba sobre zócalo de sillería y presentaba arcos abocinados y paños de rombos.

Al lado de la anterior, la nueva iglesia de Santa María Magdalena era un edificio neoclásico del siglo XIX, de mampostería y cantería; poseía tres naves cubiertas con bóveda de medio cañón con lunetos y el crucero con cúpula; actualmente es una gran mole de escombros, de la que sobresale algún muro.

La casa consistorial era un edificio modesto, similar al restos de las casas del pueblo. El pueblo también contaba con escuela, horno, 214 edificios de vivienda (en su mayor parte de tres plantas), un molino, etc.

Además de las estructuras descritas, en el pueblo aún se mantienen en pie varias casas, cuyo uso se prolongó unos años más como lugar de habitación del pastor que tenía arrendados los pastos de lo que fue el antiguo municipio y como corrales.

En el extremo septentrional se encuentra el antiguo Calvario, delimitado por una tapia, fechado en el siglo XVIII, disponía de una capilla por cada una de sus 14 estaciones. El recorrido finalizaba en la ermita de Santa Engracia pese a la falta de unidad en su factura y ejecución, el conjunto puede catalogarse como monumental y considerarse como uno de los mejores de la provincia. Hay referencias a la existencia de una nevera situada muy cerca del Calvario.

La Asociación Santolea Viva quiere que el Calvario y los restos de lo que fue el casco urbano se conviertan en un parque de la memoria. También desean que el cementerio sea arreglado y que todos los que visiten en municipio devastado puedan hacerse una idea de cómo fue en realidad a través de una exposición que plantean que se ubique en alguno de los cuatro edificios que siguen en pie y entre ellos el que tiene más papeletas, por el valor sentimental que conserva para los que vivieron allí, es la escuela.

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